El Regalo

Cierto día llegó el hombre a su casa, después de un intenso día de labor, ese especialmente había sido uno de los que se llevan en el cuerpo por varias horas más luego de haber culminado el esfuerzo. Con el agregado del pesado bagaje de preocupaciones, producto de la situación económica que le tocaba vivir. El dinero era escaso, y no se vislumbraba un horizonte promisorio. Desde unos años atrás, cada vez trabajaba más y el dinero alcanzaba menos. Con todo a cuestas, llegó a su casa. Luego de saludar a su esposa y dirigiéndose al cuarto de baño, observó en el piso del cuarto de su hija de 4 años, los restos estrujados de un pliego de papel brillante de los que se usan para envolver regalos . La reacción fue inmediata. Con su potente voz increpó a su hija, recriminándole el mal uso que había hecho del papel, por el desperdicio que de él había quedado. Entonces, y ante un guiño de su mujer, que había corrido al lugar al escuchar la reacción de su esposo, recordó que hoy era 15 de noviembre, su cumpleaños. Comprendió entonces que su reacción había sido desmedida, apresurada. Su ofuscación se diluyó totalmente ante la refrescante y reparadora ducha que le devolvía la calma y la cordura. Se rió de si mismo e imaginó a su hija envolviendo un regalo para él. Se avergonzó un poco del cuadro que había producido minutos antes. Ya casi se encontraba repuesto y ese acontecimiento había servido para sacarlo un poco de sus pensamientos, y devolverle la sonrisa.

Se vistió con ropa cómoda y se dispuso a compartir con su mujer y su hija la cena que al fin de cuentas, sería el festejo de su cumpleaños. Al llegar a su sitio observó que al lado de su plato se encontraba el envoltorio con el resto del papel brillante, ese era el regalo por el que su hija había desperdiciado el pliego. Una vez que todos estuvieron sentados, agradeció los saludos de su familia y con gesto intrigante comenzó a desenvolver su regalo , prolijamente saco el papel y  se encontró con una caja cuadrada, pequeña, liviana. La abrió sin más espera y comprobó que estaba vacía. No lo podía creer, vacía.  Puso el grito en el cielo. 

-ESO NO SE HACE!!! –gritó y volvió a gritar mientras su enojo crecía, se puso rojo de ira, sintió el calor en su rostro, se sentía defraudado, engañado, ofendido. Se levantó, se sentó, se volvió a levantar.

 –UN REGALO SE DA O NO SE DA, PERO ESTO NO SE HACE.

- Pero papá- decía la hija y él no escuchaba

- Pero papá no está vacía- decía su hija sollozando, asustada, aturdida.

-¿ COMO NO ESTA VACIA? AQUÍ NO HAY NADA.

- Si que hay, yo soplé allí un montón de besitos y son todos para vos. 

 Se produjo un enorme silencio. Se quedó sin palabras, avergonzado, profundamente avergonzado, se sintió terrible, como nunca antes se había sentido. Abrazó a su hija con todas sus fuerzas, sentía el temblor  de su cuerpo contraído por el llanto. Se maldijo por no haber sabido interpretar el regalo de su hija, por carecer de imaginación para comprender la tierna fantasía de su obsequio.  

Pidió perdón, lo rogó. Colmó de besos a la niña agradeciendo el que sería el mejor regalo que hubo de recibir en toda su vida. Ella, que siempre lo perdonaba, lo perdonó una vez más. Se le iluminó la cara con una sonrisa, y disfrutó al ver a su padre tratando la pequeña caja como una joya. 

Desde ese día siempre la tuvo cerca, recurrió a ella una y mil veces, tomando uno a uno los besos que allí tan celosamente atesoraba, y que le devolvía la paz, la tranquilidad y la sonrisa, cada vez que la perdía.

 


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Última modificación: 02 de April de 2006